Música y Arquitectura
Música y arquitectura son dos
disciplinas con muchas cosas en común. En esencia se trata de establecer un
orden armónico de diferentes elementos para obtener algo que se perciba como
bello. Pero, ¿qué es lo bello? Sin duda la belleza es un concepto de lo más
subjetivo.
A pesar de ser un gran aficionado
a la música, nunca he sido diestro con ningún instrumento, ni tampoco cantando.
Aunque puede decirse que de pequeño tenía buena voz para cantar en el coro del
colegio, todo cambió cuando una Navidad empezaron a salir de mi garganta más
gallos que en un corral. Cada Navidad debo
pasar por el trance de que mi familia me recuerde aquellos gallitos inoportunos
que truncaron un futuro muy prometedor como el nuevo ruiseñor.
Hace unos meses escuchaba mi
programa de radio favorito, Milenio 3, mientras hablaban acerca de la conspiración del
440.
La 440 o mejor dicho, el “la 440”
es el nombre que se le da coloquialmente al sonido que produce una vibración de
440 Hz y sirve como estándar de referencia para afinar la altura musical. Escuchando
este programa de radio, me enteré de algo muy curioso, y es que la 440 no se
utilizó como estándar hasta mediados del siglo XX. Durante siglos el estándar había
sido 432 Hz.
La afinación es una convención social.
Antiguamente, cuando no había afinadores electrónicos ni diapasones, un método
común era utilizar las campanas de las catedrales como referencia. Curiosamente
las campanas están afinadas con un diapasón de 432 Hz.
En 1884, Giuseppe Verdi escribió
una carta a la comisión musical del gobierno italiano para que se estableciera como
estándar el diapasón de 432 Hz en "la", que era lo que se había estado utilizando
de manera generalizada en todo el mundo durante siglos.
Sin embargo, a principios del
siglo XX empiezan a alzarse voces para establecer un nuevo dogma para el “la”. En
la década de los años 30, la Alemania Nazi, a través de Joseph Goebels, insiste
en que se cambie el tono a 440 y esto cala de una manera no oficial a nivel
europeo. Finalmente, en 1954, la Organización Internacional de Normalización aprueba
que el “la” tenga 440 hercios.
El cambio de frecuencia se hizo a pesar de que muchas voces
de alzaran en contra, como la del Profesor Dussaut del conservatorio del París,
que escribió un referéndum firmado por 23.000 músicos franceses para conservar
la armonía musical con la vibración del universo, siguiendo con el “la” a 432
Hz.
Lo cierto es que la cifra de 432
hercios sintoniza de alguna manera con los ritmos del universo. Cinco días son
exactamente 432.000 segundos, la precisión de los equinoccios son 25. 920 años
(432 x 60) y por ejemplo una pelota de golf perfecta tiene 432 hoyos en su
superficie para hacerla más resonante y llegar más lejos.
No hay que olvidar que el ser
humano está compuesto en un 70% de agua y el agua es uno de los elementos más
reactivos a las ondas sonoras. Por lo tanto, tiene bastante sentido que el ser
humano sea tan influenciable por la música.
Si quieren hacer la prueba para
ver la diferencia que existe entre una melodía a 440 Hz y otra a 432 Hz existen
varios programas en internet que realizan este cambio en MP3, como por ejemplo “Audicity”
Lo cierto es que si realizan el
cambio, la música a 432 Hz es más profunda, tiene más brillo, más color… Les
animo a que hagan la prueba.
Einstein sostenía que después de haber
estudiado todo el universo en detalle, estaba absolutamente convencido de que
nada ocurría por casualidad, ya que la
complejidad molecular del universo es tan perfecta que debe haber un orden
superior que rija todo.
En el fondo, todo es armonía.
Pitágoras fue el primero en darse cuenta de que todos los ciclos naturales se
adaptan a una fórmula matemática precisa. Todas las formas geométricas de la naturaleza
como las nervaduras de una hoja, el caparazón de un caracol o los flósculos de
un girasol derivan del número áureo. Euclides, en el siglo III a.C. fue el
primero en hacer un estudio formal del número áureo. Fibonacci, en el siglo XIII,
creó su famosa serie de números, (1, 2, 3, 5, 8…) también basados en el número
áureo, y a partir de los cuales se pueden explicar de manera matemática muchos
elementos de la naturaleza como la manera en que crecen las hojas de un árbol o
la manera en que se forma el caparazón del Nautilus.
El arquitecto navarro, Franciso
Javier Sáen de Oiza era un gran apasionado de la serie de Fibonacci y la
proporción áurea. Las viviendas de Torres Blancas en Madrid se generan a través
de los números de Fibonacci.
Este verano aproveché para
visitar las universidades de Oxford y Cambridge. Antes de ir me avisaron de que
uno de los errores que cometen muchos turistas al llegar a estar ciudades es
preguntar dónde se encuentra la universidad. En realidad, la universidad de
Oxford y también la de Cambridge, se encuentran repartidas por toda la ciudad en
diferentes “Colleges”.
En una de las facultades que
visitamos asistimos a una comparación muy odiosa. A un lado se alzaba majestuoso
un edificio gótico imponente, de ventanas arcadas y proporciones exquisitas,
donde el gris de la piedra contrarrestaba con el verde del césped recién
cortado. Justo en frente se encontraba una extensión contemporánea del campus.
La extensión, he de decir, no estaba nada mal, con una fachada de piedra color arenisca
y grandes ventanales. Sin duda una digna heredera del movimiento moderno. A pesar de esto, la comparación era odiosa. La
complejidad y proporción exquisitas de un edificio gótico dejaba en pañales la
simplicidad del edificio moderno.
Muchas veces reflexiono acerca de
la tendencia de la arquitectura y su impacto en las ciudades. Siempre me
pregunto lo mismo, ¿no se estará haciendo algo mal cuando las ciudades modernas
no son capaces de transmitir la misma esencia que los centros históricos?
¿No será que al igual que en la
música, hemos optado por una “afinación” distinta que ya no conecta con la
armonía universal? Muchas veces se pone en tela de juicio el gusto del usuario
de “a pié” al que la “falta de cultura” hace que no sepa apreciar la
arquitectura contemporánea. ¿Pero acaso han escuchado alguna vez hablar mal a
alguien de la catedral de Nôtre-Damme de París? ¿Hemos perdido la esencia en la
arquitectura?
La solución no está en volver a
un estilo neo-gótico. Lo bello de la arquitectura es que evoluciona a la vez
que la sociedad, de ahí radica su cambio vertiginoso en las últimas décadas.
Soy un apasionado del minimalismo
de Mies, y el pabellón de Barcelona me emociona tanto como una catedral gótica.
Sin embargo, no puedo evitar pensar que, al igual que la música actual, la arquitectura
se está quedando un tanto hueca de valores.
Muchos dicen que esta crisis
financiera está asociada a una gran crisis de valores. ¿Y la arquitectura? ¿No se está viendo
afectada por una profunda crisis de identidad? ¿Nos emociona lo que vemos? ¿Le
emociona al público?
Soy de los que piensa que a esta
sociedad le sobra materialismo y le falta espiritualidad. No hablo de religión,
ojo, sino como decía Einstein, de ser capaces de conectar con lo complejidad
más profunda:
“La emoción más hermosa y más
profunda que podemos experimentar es la sensación de lo místico. Es el legado
de toda ciencia verdadera. Aquel al que su emoción le es desconocida, que ya no
se pregunta ni está en estática reverencia, vale tanto como si estuviera
muerto.”
Para terminar les dejo con la canción Paradise de Coldplay en 432 Hz.

Carlos,
ResponderEliminarUn artículo fantástico. Te felicito, aunque quizá me haya gustado tanto porque estoy muy de acuerdo en tu reflexión. Yo me pregunto muchas veces ¿Qué pasa con la arquitectura actual que tan sólo es capaz de interesar o de emocionar a arquitectos (y no todos)?
Creo que la arquitectura no ha de ser explicada, como las grandes obras de arte se expresan por sí mismas y son capaces de comunicar cosas distintas a distintas personas, así debería ocurrir con la arquitectura.
No sé si los arquitectos actuales tenemos afinación distinta del resto de la sociedad, lo cierto es que el trabajo del arquitecto no está valorado como debiera y la imagen que se tiene de los arquitectos está alejadísima de la realidad de esta profesión, al menos con los profesionales de mi generación, porque de la distancia entre unos arquitectos y otros podría escribir largo... Al menos así lo veo yo.
Un abrazo,
Eva
Gracias por tus palabras Eva. Creo que uno de los mayores males es querer hacer de todo un producto, un "comoodity" como se dice en inglés. Cuando el saber, el arte, se convierte en producto y se quiere hacer rentable, es el fin de todo. Se pierde el alma, se pierde la esencia y todo se vuelven copias absurdas... Se pierde la capacidad de emocionar... Cómo salir de este círculo? Debemos ser los arquotectos una especie de hermitaños hipies que se nieguen a venderse? Es acaso esto posible? Si alguien sabe la respuesta, que la comparta por favor.
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